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| El Cristo de las Galeras, Saltillo. Photo: Daniel Bates Hurtado |
El Padre Robert Coogan es capellán de los centros penitenciarios de la Diócesis de Saltillo, y ha escrito una carta a los presos a quienes no podrá acompañar esta Semana Santa por la cuarentena obligada que vivimos todos. Pero su voz no es hoy sólo para quienes están detrás de las rejas, sino también detrás de ventanas y puertas, porque hoy todos somos presos de la las circunstancias que nos alejan de nuestras comunidades y nuestros templos. Sin embargo, sus palabras nos recuerdan que aun en la reclusión, el camino a Cristo es un camino de recogimiento, reflexión y acercamiento a las historias que nos hace uno con Él.
Semana Santa
La Pasión del
Señor
—Robert Coogan, Pbro.—
Las circunstancias de esta Semana Santa son muy
inusuales, con los límites de interacción debidos a la presencia del
coronavirus. Pero las biblias no deben de estar cerradas. Y yo les conozco. Yo
sé que leen mucho sus biblias. Por eso, voy a ofrecerles unas pistas para que
puedan profundizar su entendimiento de los eventos descritos en la biblia que
celebramos en la Semana Santa.
En la Semana Santa celebramos los eventos más
importantes de la fe. Así nos dice la biblia misma. Déjenme explicar: Tenemos
cuatro Evangelios. Ya han notado que una gran parte de cada evangelio consiste
en episodios relativamente independientes, que se pueden leer y sacarles
provecho separado de lo que sucede antes o después. La historia del Hijo
Pródigo, por ejemplo, no necesita para su entendimiento su contexto en el
evangelio de Lucas y el Sermón de la Montaña en Mateo tiene suficiencia en sí
mismo. Además, cada Evangelio tiene información aparte de la que encontramos en
los otros tres. De los milagros de Jesús, solamente se encuentra la
Multiplicación de los Panes y los Peces en los cuatro Evangelios.
Pero cuando llegamos a los eventos que celebramos en
la Semana Santa, encontramos que estamos frente a una historia larga y
conectada, que en sus partes principales está relacionado en cada uno de los
Evangelios. Todos contienen los siguientes eventos en el mismo orden: La
entrada triunfal en Jerusalén, La Santa Cena, Jesús tomado preso en el huerto
de Getsemaní, sus juicios corruptos, su maltrato y Crucifixión, su sepelio y su
Resurrección. Los cuatro contienen este
largo narrativo que ocupa muchos capítulos. Estos eventos son la principal razón
para escribir el Evangelio. Sin esta historia, el evangelio no tiene porqué
existir.
Cada uno de los Evangelistas tiene su propia visión de
los eventos. Cada uno llegó a conocer el Evangelio de manera diferente, y eso
se refleja en su escrito. Si son cuatro, y cada uno es diferente, ¿Cuál es el
bueno? ¡Los cuatro! Se complementan en darnos una visión de Jesucristo. Como
dice el Evangelio de Juan, nadie puede contener la totalidad de Jesucristo en
un libro (Jn 20, 30). Seguramente has notado que, en momentos diferentes de tu
vida, un relato en la biblia que has leído en otras ocasiones ya te habla de
manera diferente. Así es la riqueza de la biblia.
Les invito a leer los eventos de la Semana Santa en
cada uno de los Evangelistas, y les voy a dar unas pistas para entender las
diferentes maneras en que se presentan los eventos. Seguramente ustedes van a
encontrar aún mucho más.
San Marcos
Recordamos un poco de la historia de San Marcos según
la tradición. Era el sobrino de Bernabé, y acompañó a Pablo en la primera
misión. Pero no aguantó los rigores de la entrega de Pablo, y abandonó la
misión. Parece, según la primera carta de Pedro (1Pe 5, 13), que Marcos se
juntó con Pedro, y los dos formaron un gran equipo. Marcos escuchó las
historias de Pedro, y escribió el Evangelio de San Marcos. Pedro y Jesús eran
grandes amigos, y andaban juntos durante la misión de Jesús. Dormían en el
campo durante los viajes de predicación, y se levantaban con paja en el pelo.
Toda la intimidad de unos amigos. Cuando Pedro hablaba de Jesús, lo hacía con
esta intimidad familiar con que se habla de un mejor amigo. Esta informalidad
se ve reflejado en el Evangelio.
El peor evento en la vida de Pedro era el momento de
abandonar a su gran amigo cuando los soldados lo tomaron preso en el huerto de
Getsemaní. Toda la descripción de los eventos de la Pasión de Cristo
relacionados por Marcos, hablan de un hombre abandonado. Cuando Jesús está
orando en el huerto, Marcos dice que Jesús siente miedo, angustia y tristeza. Jesús
pide a su Padre que le quite el cáliz de amargura, pero parece que el Padre no
responde, dejando solo a Jesús. Y ¿sus amigos?, bien dormidos, gracias,
dejándolo solo. Cuando entran los que van a tomar preso a Jesús, uno de los
suyos, Judas Iscariote, lo traiciona con un beso, el símbolo de gran amistad.
¡Qué insulto! Y todos los discípulos abandonan a Jesús. Está completamente solo
con sus enemigos. Durante los juicios, se levantan falsos testimonios en contra
de Jesús, diciendo que él quiere destruir el templo. El sumo sacerdote, que es
quien tiene la responsabilidad de vigilar por el pueblo por la venida del
Mesías, y recibirlo, le pregunta a Jesús directamente si él es el Mesías, el
Hijo de Dios vivo. Cuando Jesús responde, diciendo la verdad, que sí lo es, el
sumo sacerdote lo condena a la muerte, y se lo manda a Pilato. Y Pedro lo niega
tres veces. Cuando Jesús está crucificado, todos, todos lo insultan, se mofan
de él y le escupían. Nadie está a su lado, ni siquiera las personas que andan
de paso pueden resistir la oportunidad de insultarlo (metiches). Las últimas
palabras de Jesús reflejan el abandono: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has
abandonado?”
Es cuando Jesús muere en la cruz que Dios Padre, que
ha estado aparentemente ausente, aparece. Acusaban a Jesús de querer destruir
el Templo, y cuando el pueblo mata a Jesús, la cortina del Templo se parte en
dos, simbolizando la salida de Dios del Templo. Desde ahora en adelante, va a
ser un edificio vacío. Y el oficial romano dice: “Verdaderamente, este hombre
era Hijo de Dios”. Es que el Evangelio de Marcos empieza, “El Evangelio de
Jesucristo, Hijo de Dios”, y durante todo el Evangelio, ningún ser humano es
capaz de reconocerlo como tal. Los demonios, si, lo reconocen, pero ningún
hombre. Cuando, en el capítulo 8, Jesús preguntaba a sus discípulos, “Según
ustedes, ¿quién soy yo?”, Pedro responde “Tu eres el Mesías”. Pero ser el
Mesías no es lo mismo a ser Hijo de Dios. El mesías era entendido como un
general o un príncipe o un líder político. El oficial romano es el primer
hombre en el Evangelio que lo llama Hijo de Dios, y es por su muerte en cruz
que él lo reconoce. El plan de Dios de revelar a su Hijo al mundo se realiza en
la Cruz.
Mateo
Mateo sigue el plan de Marcos de mostrar el abandono
de Jesús, pero añade unos detalles interesantes. Mateo muestra como todos los
que traicionan a Jesús quedan disgustados consigo mismos y buscan liberarse de
la culpa, pero no pueden. Judas tira las treinta monedas de plata a los pies de
los sacerdotes del templo, pero no puede liberarse de su sentido de culpa. Los
sacerdotes, por su parte, reconocen que atrapar a Jesús con un soborno era
trabajo sucio, y por eso no se atreven a poner el dinero en el tesoro del
templo. Lo único que se les ocurre es un terreno para sepultar a no-judíos; el
dinero es tan sucio que no sirve como tierra para sepultar a judíos, solo a
paganos. Si así el dinero, ¿Cómo la acción? Y la esposa de Poncio Pilato
comparte con su esposo que no debe actuar en contra de Jesús, porque en un sueño
le fue revelado que no se le debe tocar. Sin embargo, presionado por la gente,
Pilato lo entrega a la muerte, e intenta absolverse de su culpa lavándose las
manos (No se puede uno liberarse así: no es coronavirus). Y sobre el pueblo que
demanda la muerte de Jesús cae lo peor: Cuando Pilato dice, “no me hagan
responsable por la muerte de este hombre”, el pueblo responde, “¡Que su sangre
caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!”
Recordamos como el Evangelio de Mateo empieza con el
nacimiento de Jesús acompañado por manifestaciones en la naturaleza; la
estrella que guía a los Magos. También la muerte de Jesús está acompañada por
señales en la naturaleza. Cuando Jesús muere, hay un terremoto, y las rocas se parten
y las tumbas se abren. Unos muertos recobran la vida. Así de fuerte es el logro
de Jesús al subir a la cruz, que algunos disfrutan los efectos de la salvación
aun antes de la resurrección.
Y son varios los soldados que dan testimonio de que es
Hijo de Dios. Es que, en Mateo, cuando Jesús pregunta a sus discípulos, “¿Quién
soy yo?” Pedro responde, “Tu eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Según
Mateo, los discípulos ya saben que Jesús es el Hijo de Dios. Más reprehensible,
pues, que lo abandonaran. Los soldados, entonces, representan al pueblo
no-judío llegando a reconocer lo que los discípulos conocían.
Lucas
Recordamos que Lucas admite, en la introducción a su
evangelio, que no conocía a Jesús. Él hizo una exhausta investigación antes de
escribir su evangelio, y lo hizo muy bien. Los Hechos de los Apóstoles
mencionan que Lucas era discípulo de Pablo. Pablo no conocía a Jesús de
Nazaret. Pablo encontró a Jesucristo, el Resucitado, Glorificado, Sumo y Eterno
Sacerdote y Rey del Universo, en el camino a Damasco. Mientras Pedro compartió
historias muy informales sobre Jesús con Marcos, Lucas aprendió sobre el Señor. En su evangelio, como
consecuencia, Lucas siempre suaviza los detalles más gruesos de la historia de
Jesús.
Por eso, Lucas no puede imaginar a Jesús siendo
abandonado por su Padre, y en el huerto de Getsemaní, un ángel desciende a
consolarlo y a darle la fuerza necesaria para enfrentar su Pasión. Lucas
conoció a varios de los apóstoles, pero solamente después del don del Espíritu
Santo en Pentecostés. Lucas conoció a los Apóstoles como hombres valientes, que
no tenían duda de que el poder del Resucitado estaba con ellos, y con firmeza
otorgaron la salud a los enfermos en el nombre de Jesús. A Lucas le choca
imaginarlos como despistados. Cuando Jesús profetiza que Pedro lo va a negar,
Lucas incluye las palabras de Jesús: “cuando hayas vuelto, tendrás que
fortalecer a tus hermanos” (Lc 22, 32). Jesús entiende que, en este momento, lo
que va a pasar tiene que pasar, pero no por eso deja de confiar en Pedro. Y
cuando los Apóstoles se quedan dormidos mientras Jesús está en oración en el
huerto, Lucas explica que estaban “vencidos por la tristeza” (Lc 22, 45).
Lucas no le gusta la idea de que Judas Iscariote da un
beso de traición, y menciona que intentaba
darle un beso, pero no logró. Tampoco le gusta pensar en Jesús recibiendo
latigazos, y aunque Pilato menciona su intención de darle latigazos a Jesús,
Lucas deja en la duda si pasó o no.
En Lucas, hay un gran número de simpatizantes que
acompañan a Jesús en el camino de la cruz. No está abandonado. Las mujeres de
Jerusalén lo acompañaban, llorando. Y cuando estaba crucificado, todos sus
seguidores, hombres y mujeres, estaban presentes, aunque a una discreta
distancia. Muchos de los testigos de su muerte, se alejan del lugar golpeándose
el pecho.
Jesús, aun en medio de su Pasión, no puede dejar de preocuparse
por su pueblo y sigue sanando sus heridas. Cuando uno de los discípulos corta
la oreja del sirviente del Sumo Sacerdote, Jesús la sana. Desde la Cruz, Jesús
perdona a los que lo crucificaron. Y porque no se siente abandonado, sus
últimas palabras son diferentes: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.
Juan
La Pasión de Jesús según Juan es realmente audaz. En
el Evangelio de Juan, Jesús siempre refiere a su crucifixión por el término,
“ser levantado”. Esta frase puede hacer referencia a ser levantado en la cruz,
o levantado de entre los muertos. Para Jesús en el Evangelio de Juan, no hay
ninguna diferencia. Aunque el drama se desarrolla en el tiempo, realmente, es
un solo hecho.
La victoria de Jesús está representada en cada evento
de la Pasión. En el huerto, Juan no menciona la oración de Jesús.
Anteriormente, Jesús había orado: “«Me siento turbado ahora. ¿Diré acaso:
Padre, líbrame de esta hora? Pero no, Precisamente llegué a esta hora para
enfrentar esta angustia. Padre, ¡da gloria a tu Nombre!» Entonces se oyó una
voz que venía del cielo: «Yo lo he glorificado y lo volveré a glorificar. »”
(Jn 12, 27-28). Con una afirmación así de su Padre, Jesús está bien
fortificado. Entonces, en el huerto, Juan no menciona la oración de Jesús.
Jesús quiere cumplir las escrituras, y allí está él, de pie, esperando a los
soldados. Cuando se presentan, él toma la iniciativa y pregunta: “¿A quién
buscan?” Ellos responden: “A Jesús el nazareno”. Y Jesús responde: “Yo Soy”
(que es el nombre de Dios). Porque dice la verdad, y los soldados están frente
a Dios mismo, cuando Jesús dice, Yo Soy, todos los soldados se caen al suelo.
Así, con los soldados tumbados, Jesús no puede cumplir la voluntad del Padre.
Por eso, pregunta de nuevo, y suaviza su respuesta: “Ya les he dicho que soy
yo”. Y les da una orden: “Si me buscan a mí, dejen ir a éstos”. Jesús está en
control.
De la misma manera, cuando el Sumo Sacerdote está
interrogando a Jesús, Jesús da vuelta a la situación e interroga el Sumo sacerdote:
“¿Por qué me preguntas a mí? Pregúntales a los que me han escuchado”. Igual
ante Poncio Pilato. Pilato amenaza a Jesús, diciendo: “¿No sabes que tengo el
poder de liberarte o matarte?” y Jesús responde, “Tú no tienes ningún poder”. Y
cuando el pueblo dice a Pilato, “Si lo dejas libre, no eres amigo de César”,
Pilato se da cuenta que Jesús tiene razón: es un títere político. En todo,
Jesús está en control. Cuando todas las profecías de las Escrituras están
realizadas, las últimas palabras de Jesús son: “Todo está cumplido”.
Conclusión
En este escrito, solamente trato de resaltar el
diferente enfoque que dan los Evangelistas a los relatos de la Pasión de Cristo.
Claro que hay muchas más cosas que pasan en estas historias. Cuando ustedes lean
estos cuatro relatos, estoy seguro que van a descubrir cosas aún más
impresionantes.
Que su Semana Santa sean días acompañados por los
Evangelios que nos acercan a Jesús, y que las impresiones que causan estos Evangelios
en ustedes se traduzcan en actitudes y actos que eleven su Espíritu hacia el
Cristo que nos da vida y vida en abundancia. Bendiciones siempre.
