lunes, 6 de abril de 2020

La Pasión del Señor, Carta a los Presos


El Cristo de las Galeras, Saltillo. Photo: Daniel Bates Hurtado

El Padre Robert Coogan es capellán de los centros penitenciarios de la Diócesis de Saltillo, y ha escrito una carta a los presos a quienes no podrá acompañar esta Semana Santa por la cuarentena obligada que vivimos todos. Pero su voz no es hoy sólo para quienes están detrás de las rejas, sino también detrás de ventanas y puertas, porque hoy todos somos presos de la las circunstancias que nos alejan de nuestras comunidades y nuestros templos. Sin embargo, sus palabras nos recuerdan que aun en la reclusión, el camino a Cristo es un camino de recogimiento, reflexión y acercamiento a las historias que nos hace uno con Él.


 Semana Santa
La Pasión del Señor
—Robert Coogan, Pbro.—

Las circunstancias de esta Semana Santa son muy inusuales, con los límites de interacción debidos a la presencia del coronavirus. Pero las biblias no deben de estar cerradas. Y yo les conozco. Yo sé que leen mucho sus biblias. Por eso, voy a ofrecerles unas pistas para que puedan profundizar su entendimiento de los eventos descritos en la biblia que celebramos en la Semana Santa.

En la Semana Santa celebramos los eventos más importantes de la fe. Así nos dice la biblia misma. Déjenme explicar: Tenemos cuatro Evangelios. Ya han notado que una gran parte de cada evangelio consiste en episodios relativamente independientes, que se pueden leer y sacarles provecho separado de lo que sucede antes o después. La historia del Hijo Pródigo, por ejemplo, no necesita para su entendimiento su contexto en el evangelio de Lucas y el Sermón de la Montaña en Mateo tiene suficiencia en sí mismo. Además, cada Evangelio tiene información aparte de la que encontramos en los otros tres. De los milagros de Jesús, solamente se encuentra la Multiplicación de los Panes y los Peces en los cuatro Evangelios.

Pero cuando llegamos a los eventos que celebramos en la Semana Santa, encontramos que estamos frente a una historia larga y conectada, que en sus partes principales está relacionado en cada uno de los Evangelios. Todos contienen los siguientes eventos en el mismo orden: La entrada triunfal en Jerusalén, La Santa Cena, Jesús tomado preso en el huerto de Getsemaní, sus juicios corruptos, su maltrato y Crucifixión, su sepelio y su Resurrección.  Los cuatro contienen este largo narrativo que ocupa muchos capítulos. Estos eventos son la principal razón para escribir el Evangelio. Sin esta historia, el evangelio no tiene porqué existir.

Cada uno de los Evangelistas tiene su propia visión de los eventos. Cada uno llegó a conocer el Evangelio de manera diferente, y eso se refleja en su escrito. Si son cuatro, y cada uno es diferente, ¿Cuál es el bueno? ¡Los cuatro! Se complementan en darnos una visión de Jesucristo. Como dice el Evangelio de Juan, nadie puede contener la totalidad de Jesucristo en un libro (Jn 20, 30). Seguramente has notado que, en momentos diferentes de tu vida, un relato en la biblia que has leído en otras ocasiones ya te habla de manera diferente. Así es la riqueza de la biblia.

Les invito a leer los eventos de la Semana Santa en cada uno de los Evangelistas, y les voy a dar unas pistas para entender las diferentes maneras en que se presentan los eventos. Seguramente ustedes van a encontrar aún mucho más.

San Marcos
Recordamos un poco de la historia de San Marcos según la tradición. Era el sobrino de Bernabé, y acompañó a Pablo en la primera misión. Pero no aguantó los rigores de la entrega de Pablo, y abandonó la misión. Parece, según la primera carta de Pedro (1Pe 5, 13), que Marcos se juntó con Pedro, y los dos formaron un gran equipo. Marcos escuchó las historias de Pedro, y escribió el Evangelio de San Marcos. Pedro y Jesús eran grandes amigos, y andaban juntos durante la misión de Jesús. Dormían en el campo durante los viajes de predicación, y se levantaban con paja en el pelo. Toda la intimidad de unos amigos. Cuando Pedro hablaba de Jesús, lo hacía con esta intimidad familiar con que se habla de un mejor amigo. Esta informalidad se ve reflejado en el Evangelio.

El peor evento en la vida de Pedro era el momento de abandonar a su gran amigo cuando los soldados lo tomaron preso en el huerto de Getsemaní. Toda la descripción de los eventos de la Pasión de Cristo relacionados por Marcos, hablan de un hombre abandonado. Cuando Jesús está orando en el huerto, Marcos dice que Jesús siente miedo, angustia y tristeza. Jesús pide a su Padre que le quite el cáliz de amargura, pero parece que el Padre no responde, dejando solo a Jesús. Y ¿sus amigos?, bien dormidos, gracias, dejándolo solo. Cuando entran los que van a tomar preso a Jesús, uno de los suyos, Judas Iscariote, lo traiciona con un beso, el símbolo de gran amistad. ¡Qué insulto! Y todos los discípulos abandonan a Jesús. Está completamente solo con sus enemigos. Durante los juicios, se levantan falsos testimonios en contra de Jesús, diciendo que él quiere destruir el templo. El sumo sacerdote, que es quien tiene la responsabilidad de vigilar por el pueblo por la venida del Mesías, y recibirlo, le pregunta a Jesús directamente si él es el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Cuando Jesús responde, diciendo la verdad, que sí lo es, el sumo sacerdote lo condena a la muerte, y se lo manda a Pilato. Y Pedro lo niega tres veces. Cuando Jesús está crucificado, todos, todos lo insultan, se mofan de él y le escupían. Nadie está a su lado, ni siquiera las personas que andan de paso pueden resistir la oportunidad de insultarlo (metiches). Las últimas palabras de Jesús reflejan el abandono: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Es cuando Jesús muere en la cruz que Dios Padre, que ha estado aparentemente ausente, aparece. Acusaban a Jesús de querer destruir el Templo, y cuando el pueblo mata a Jesús, la cortina del Templo se parte en dos, simbolizando la salida de Dios del Templo. Desde ahora en adelante, va a ser un edificio vacío. Y el oficial romano dice: “Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios”. Es que el Evangelio de Marcos empieza, “El Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios”, y durante todo el Evangelio, ningún ser humano es capaz de reconocerlo como tal. Los demonios, si, lo reconocen, pero ningún hombre. Cuando, en el capítulo 8, Jesús preguntaba a sus discípulos, “Según ustedes, ¿quién soy yo?”, Pedro responde “Tu eres el Mesías”. Pero ser el Mesías no es lo mismo a ser Hijo de Dios. El mesías era entendido como un general o un príncipe o un líder político. El oficial romano es el primer hombre en el Evangelio que lo llama Hijo de Dios, y es por su muerte en cruz que él lo reconoce. El plan de Dios de revelar a su Hijo al mundo se realiza en la Cruz.

Mateo
Mateo sigue el plan de Marcos de mostrar el abandono de Jesús, pero añade unos detalles interesantes. Mateo muestra como todos los que traicionan a Jesús quedan disgustados consigo mismos y buscan liberarse de la culpa, pero no pueden. Judas tira las treinta monedas de plata a los pies de los sacerdotes del templo, pero no puede liberarse de su sentido de culpa. Los sacerdotes, por su parte, reconocen que atrapar a Jesús con un soborno era trabajo sucio, y por eso no se atreven a poner el dinero en el tesoro del templo. Lo único que se les ocurre es un terreno para sepultar a no-judíos; el dinero es tan sucio que no sirve como tierra para sepultar a judíos, solo a paganos. Si así el dinero, ¿Cómo la acción? Y la esposa de Poncio Pilato comparte con su esposo que no debe actuar en contra de Jesús, porque en un sueño le fue revelado que no se le debe tocar. Sin embargo, presionado por la gente, Pilato lo entrega a la muerte, e intenta absolverse de su culpa lavándose las manos (No se puede uno liberarse así: no es coronavirus). Y sobre el pueblo que demanda la muerte de Jesús cae lo peor: Cuando Pilato dice, “no me hagan responsable por la muerte de este hombre”, el pueblo responde, “¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!”

Recordamos como el Evangelio de Mateo empieza con el nacimiento de Jesús acompañado por manifestaciones en la naturaleza; la estrella que guía a los Magos. También la muerte de Jesús está acompañada por señales en la naturaleza. Cuando Jesús muere, hay un terremoto, y las rocas se parten y las tumbas se abren. Unos muertos recobran la vida. Así de fuerte es el logro de Jesús al subir a la cruz, que algunos disfrutan los efectos de la salvación aun antes de la resurrección.

Y son varios los soldados que dan testimonio de que es Hijo de Dios. Es que, en Mateo, cuando Jesús pregunta a sus discípulos, “¿Quién soy yo?” Pedro responde, “Tu eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Según Mateo, los discípulos ya saben que Jesús es el Hijo de Dios. Más reprehensible, pues, que lo abandonaran. Los soldados, entonces, representan al pueblo no-judío llegando a reconocer lo que los discípulos conocían.

Lucas
Recordamos que Lucas admite, en la introducción a su evangelio, que no conocía a Jesús. Él hizo una exhausta investigación antes de escribir su evangelio, y lo hizo muy bien. Los Hechos de los Apóstoles mencionan que Lucas era discípulo de Pablo. Pablo no conocía a Jesús de Nazaret. Pablo encontró a Jesucristo, el Resucitado, Glorificado, Sumo y Eterno Sacerdote y Rey del Universo, en el camino a Damasco. Mientras Pedro compartió historias muy informales sobre Jesús con Marcos, Lucas aprendió sobre el Señor. En su evangelio, como consecuencia, Lucas siempre suaviza los detalles más gruesos de la historia de Jesús.

Por eso, Lucas no puede imaginar a Jesús siendo abandonado por su Padre, y en el huerto de Getsemaní, un ángel desciende a consolarlo y a darle la fuerza necesaria para enfrentar su Pasión. Lucas conoció a varios de los apóstoles, pero solamente después del don del Espíritu Santo en Pentecostés. Lucas conoció a los Apóstoles como hombres valientes, que no tenían duda de que el poder del Resucitado estaba con ellos, y con firmeza otorgaron la salud a los enfermos en el nombre de Jesús. A Lucas le choca imaginarlos como despistados. Cuando Jesús profetiza que Pedro lo va a negar, Lucas incluye las palabras de Jesús: “cuando hayas vuelto, tendrás que fortalecer a tus hermanos” (Lc 22, 32). Jesús entiende que, en este momento, lo que va a pasar tiene que pasar, pero no por eso deja de confiar en Pedro. Y cuando los Apóstoles se quedan dormidos mientras Jesús está en oración en el huerto, Lucas explica que estaban “vencidos por la tristeza” (Lc 22, 45).

Lucas no le gusta la idea de que Judas Iscariote da un beso de traición, y menciona que intentaba darle un beso, pero no logró. Tampoco le gusta pensar en Jesús recibiendo latigazos, y aunque Pilato menciona su intención de darle latigazos a Jesús, Lucas deja en la duda si pasó o no.

En Lucas, hay un gran número de simpatizantes que acompañan a Jesús en el camino de la cruz. No está abandonado. Las mujeres de Jerusalén lo acompañaban, llorando. Y cuando estaba crucificado, todos sus seguidores, hombres y mujeres, estaban presentes, aunque a una discreta distancia. Muchos de los testigos de su muerte, se alejan del lugar golpeándose el pecho.

Jesús, aun en medio de su Pasión, no puede dejar de preocuparse por su pueblo y sigue sanando sus heridas. Cuando uno de los discípulos corta la oreja del sirviente del Sumo Sacerdote, Jesús la sana. Desde la Cruz, Jesús perdona a los que lo crucificaron. Y porque no se siente abandonado, sus últimas palabras son diferentes: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Juan
La Pasión de Jesús según Juan es realmente audaz. En el Evangelio de Juan, Jesús siempre refiere a su crucifixión por el término, “ser levantado”. Esta frase puede hacer referencia a ser levantado en la cruz, o levantado de entre los muertos. Para Jesús en el Evangelio de Juan, no hay ninguna diferencia. Aunque el drama se desarrolla en el tiempo, realmente, es un solo hecho.

La victoria de Jesús está representada en cada evento de la Pasión. En el huerto, Juan no menciona la oración de Jesús. Anteriormente, Jesús había orado: “«Me siento turbado ahora. ¿Diré acaso: Padre, líbrame de esta hora? Pero no, Precisamente llegué a esta hora para enfrentar esta angustia. Padre, ¡da gloria a tu Nombre!» Entonces se oyó una voz que venía del cielo: «Yo lo he glorificado y lo volveré a glorificar. »” (Jn 12, 27-28). Con una afirmación así de su Padre, Jesús está bien fortificado. Entonces, en el huerto, Juan no menciona la oración de Jesús. Jesús quiere cumplir las escrituras, y allí está él, de pie, esperando a los soldados. Cuando se presentan, él toma la iniciativa y pregunta: “¿A quién buscan?” Ellos responden: “A Jesús el nazareno”. Y Jesús responde: “Yo Soy” (que es el nombre de Dios). Porque dice la verdad, y los soldados están frente a Dios mismo, cuando Jesús dice, Yo Soy, todos los soldados se caen al suelo. Así, con los soldados tumbados, Jesús no puede cumplir la voluntad del Padre. Por eso, pregunta de nuevo, y suaviza su respuesta: “Ya les he dicho que soy yo”. Y les da una orden: “Si me buscan a mí, dejen ir a éstos”. Jesús está en control.

De la misma manera, cuando el Sumo Sacerdote está interrogando a Jesús, Jesús da vuelta a la situación e interroga el Sumo sacerdote: “¿Por qué me preguntas a mí? Pregúntales a los que me han escuchado”. Igual ante Poncio Pilato. Pilato amenaza a Jesús, diciendo: “¿No sabes que tengo el poder de liberarte o matarte?” y Jesús responde, “Tú no tienes ningún poder”. Y cuando el pueblo dice a Pilato, “Si lo dejas libre, no eres amigo de César”, Pilato se da cuenta que Jesús tiene razón: es un títere político. En todo, Jesús está en control. Cuando todas las profecías de las Escrituras están realizadas, las últimas palabras de Jesús son: “Todo está cumplido”.

Conclusión
En este escrito, solamente trato de resaltar el diferente enfoque que dan los Evangelistas a los relatos de la Pasión de Cristo. Claro que hay muchas más cosas que pasan en estas historias. Cuando ustedes lean estos cuatro relatos, estoy seguro que van a descubrir cosas aún más impresionantes.

Que su Semana Santa sean días acompañados por los Evangelios que nos acercan a Jesús, y que las impresiones que causan estos Evangelios en ustedes se traduzcan en actitudes y actos que eleven su Espíritu hacia el Cristo que nos da vida y vida en abundancia. Bendiciones siempre.

La Pasión del Señor, Carta a los Presos

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